Para una francesa como Rachel Keigeters el invierno cubano debió parecer una infamia atroz, se pasa de la risueña media tarde al frío de la madrugada, y con el despertar helado de las casas hechas para que corra el aire, viene al rato el sol que calienta como si el verano no se hubiese ido nunca.

En una de esas mañanas, que anteceden a los días cuatro estacionales cubanos, el frío transmutó de el cuerpo al espíritu de los habaneros que, azorados, conocieron del suicidio de la francesita Rachel Keitgeters, bailarina de los cabarets Tokio y Montmartre.

A medida que se fueron conociendo detalles del suceso el misterio empezó a rodear el caso y se tornó en una investigación viviente y orgánica que constantemente se reinventaba cual de una novela radial de la época. Era La Habana de 1931, un viernes 4 de diciembre, cuando comenzó el denominado «Crimen del Siglo«.

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No se pregunta lo que se sabe

Enseguida se formó el brete, oficio natural del habanero, y la prensa se lanzó sobre el hecho. Era voz populi que la señorita Rachel se dedicaba al milenario oficio del sexo. En el piso que falleció en la calle San Miguel no.38, esquina Amistad, era visitada por algunos hombres de cierto poder en el gobierno, luego desgobierno, del dictador Gerardo Machado.

Para entrar al inmueble se hizo necesario tirar la puerta abajo. Estaba el pestillo puesto desde dentro y las luces encendidas. Fueron, precisamente, las luces dadas y el silencio de su amiga lo que alertó a Alberto Jiménez Rebollar, joven baterista de la banda de José Antonio Curbelo que tocaba en ese momento en el Montmatre y el Tokio, y quien era amante de la occisa. La fiesta, la noche y el libertinaje empezaban a aparecer en la historia, el amante que descubre a la puta suicida. El banquete estaba servido para la prensa.

Una primera exploración a la casa arrojó más dudas, la belleza rubia tenía la cabeza destrozada por la nuca y las manchas de sangre del baño no concordaban con las heridas. Se sospechó con un amargo resbalón por el aliento etílico del cuerpo, pero rápidamente se desestimó esa tesis. Rachel Keigeters había sido asesinada, y lo peor, ella no opuso resistencia.

Una vida patas arribas

Rachel K o Rachel Keigeters

Todos los reflectores apuntaron a la azarosa vida de la joven asesinada. Desfilaron entonces por los juzgados amigos, conocidos, enemigos manifiestos y hasta curiosos impertinentes cuyo fin no era otro que estar en la bola del momento. Los medios se frotaban las manos, las radios transmitían casi in situ los resultados de las investigaciones.

Cada giro era seguido por el fiel público habanero habituado a la ficción de Agatha Christie y Arthur Conan Doyle, pero la policía fallaba con sospechosa reiteración. Así cada nueva prueba era desestimada a las pocas horas, una pequeña huella ensangrentada y un mechón de pelo en la escalera no llevaron a ningún lugar.

Los vecinos, ay amigos, qué no sabe radio bemba, alertaron de la celebración de sonadas orgías y fiestas llenas de eminentes miembros del ambiente político y cultural de la época, en los dos últimos pisos de ese edificio. Se deslizó entonces desde los medios que Rachel no solo era una mujer de mala vida, sino que se dedicaba a captar otras jóvenes descarriadas para satisfacer los deseos de sus poderosos amigos.

Matrimonio roto, noches eternas y de repente, el silencio

Entre los detalles que se vendían a la prensa por parte de los inspectores surgió el primero que dio un rumbo certero a la investigación. No había sido un robo. El orden primaba en el interior de la casa. La posición de la señorita Rachel era cómoda y sus joyas, junto a una pequeña suma en efectivo, estaban a simple vista en su habitación.

Desestimado el móvil de un robo frustrado se señalaron a los dos hombres de su vida en ese momento: su marido en los papeles, Oscar Villaverde, y su pareja en la cotidianidad, el músico Jiménez Rebollar quien había avisado a la policía que algo pasaba en casa de su «amiga».

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Contrario a lo que se ha escrito sobre el tema, Rachel Keigeters llegó a La Habana con un espectáculo erótico-teatral de la compañía francesa Bataclán, que tanto revuelo causó con su show en la sociedad moralista de La Habana de mediados de los años 20.

Ya en La Habana, el galante Villaverde, que gestionaba el cabaret Tokio, la engatusó con una oferta suculenta de trabajo. La francesita volvió a por su hijo y sus cosas a su país para embarcarse nuevamente a la Isla de las noches largas.

Tras la boda con Villaverde, este apadrinó al niño que traía la joven desde Francia. Sus allegados hablaron de una relación complicada durante 5 o 6 años, llena de idas y venidas, pero tras la separación («amistosa» según las amistades de ella en el Summer Casino donde trabajaba la joven) él se quedó al cuidado del niño. El contrato de alquiler de la casa de San Miguel no.38, donde sería hallado el cuerpo, estuvo a nombre de él hasta que ella lo pudo poner a su nombre meses antes del homicidio. Por lo tanto ningún hecho anterior de Villaverde hacia presagiar tal arrebato de desenfreno.

Se rumoreó entonces que las amistades de ella llegaron a ser varias y con carácter simultáneo. El orgulloso Villaverde no pudo con ese rol de chulo cabaretero y eso provocó el divorcio, y algunas peleas posteriores, pero siempre terminaban arreglándose.

Lo cierto es que nadie pudo enseñar una prueba en contra del ex marido y fue liberado al poco tiempo.

Por su parte el músico Rebollar tenía una coartada que consiguió mantener en el juicio. Ambos acusados eludieron la culpabilidad ante el juez y entonces la falta de evidencias provocaron que el crimen fuese apagándose. La policía era incapaz de determinar cómo entraron al piso, quién querría hacerle daño, con quiénes estuvo en la orgía de esa noche y, sobretodo, cuál era el motivo para asesinarla y dejarla desnuda en la bañera.

Un cuerpo y muchos rumores

La policía tenía un cuerpo, sabía que esa noche una fiesta se celebró en el segundo piso del edificio de tres alturas y que, desestimado el suicidio y el asesinato en el cuarto baño, la habían matado en otro lugar y luego, la habían colocado donde fue encontrada.

Un periodista de El País dejó entrever que la policía hacía pocos esfuerzos por descubrir la verdad.

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La calle era un clamor, el crimen era de carácter pasional. Pero no hay otros sospechosos del despecho, refutaba la policía. O sí ¿había alguien más y los investigadores amparados por el machadato tiraban la manta sobre el crimen para barrer la evidencia? Veamos.

Se había revisado media Habana excepto un inmueble del segundo piso del edificio donde vivía la difunta. Aquel garzonniere (forma muy estilizada de llamar a los picaderos o niditos de hombres que tenían los casados poderosos para dar rienda suelta a sus travesuras sexuales) en el cual todo el mundo sabía que aquella fatídica noche Rachel Keitseger había estado en la presunta orgía.

Casualidades malditas o malditas casualidades

Un niño rico, mimado por las élites de la cuadrilla machadista salió a la palestra pero el populacho ya conocía el nombre. Mario Mendoza era asiduo del piso de Rachel, durante un tiempo estuvieron en íntima amistad. Apareció entonces el músico Jiménez Rebollar en la vida de la joven bailarina y Mendoza, ni corto ni perezoso, la sustituyó por otra francesa (de belleza inferior según las malas lenguas).

Aquí la historia vuelve al inicio.

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La joven Rachel quiso cambiar de vida. El primer trabajo que intentó lejos de la noche y sus demonios fue en el cinódromo del joyero Cuervo, ubicado en la zona en la que se levantaría el Montmartre. Cosas del destino, quebró el sitio de carreras de galgos, se ahorcó el desdichado Cuervo y montaron un cabaret allí donde la bataclanera Rachel volvería a la noche, fue trabajando donde conoció a Mario Mendoza.

Rachel Keigeters y el deshielo habanero

El desgraciado jueves nocturno hubo una fiesta tremenda, orgía incluida, los anfitriones invitaron a Rachel y sus encantos al garzonniere del segundo piso. Allí entre distinguidas figuras de la sociedad habanera coincidió con Mario y una amiga.

La caballera rubia de Raquel no estaba vacía, era acompañada por finos modales y una lengua hábil que dominaba varios idiomas; con sus manos era capaz de sacar finas melodías del piano al tiempo que usaba su sensualidad para hacer pequeños números de baile. Toda una showgirl del erotismo, no había comparación.

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Los cócteles formaban un arroyo, según se contó en las páginas de Bohemia en diciembre de 1933, y la música y la alegría fueron dando paso a los instintos más primitivos del ser humano. Rachel K. (su nombre de trabajo) brillaba en medio de la euforia general, de repente, alguien comentó el no tan lejano roce íntimo entre Mendoza y Rachel. La amiga de este, muy francesa y europea pero igual de fiera que las cubanas, no asumió de buen grado las bromas y comparaciones.

La noche continúo su embriagador recorrido hacia la tragedia. Se pasó al sexo en colectivo, los cuerpos se acomodaban bajo la tenue luz y en el juego de sombras y roces; algo desató el lado salvaje de la entonces amiga de Mendoza, presa de los celos agarró un pico (o hacha) de hielo y le reventó la nuca a su coterránea. Al coitos interruptus general siguió el sálvese quién pueda.

Una junta de emergencia

Lo que no se logró en política con el fracasado intento de la pentarquía meses antes se consiguió en una noche de drogas, alcohol y sangre en escasos minutos. Se miraron aquellos distinguidos miembros de la sociedad y procedieron a encubrirse, manchados todos por el desenfreno y el infortunio, a cualquier costo sabiendo que si uno caía, caería el resto.

No se supo si ellos mismo movieron el cuerpo o se procedió a «untar» a los policías de dudosa moralidad que tenía bajo su mando uno de los involucrados . El caso es que se limpió la casa del tercer piso donde la francesita Rachel vivía y el garzonniere se abandonó a la carrera, en un pacto de silencio que se mantuvo aún años después. Nadie fue condenado. La mano asesina fue embarcada directamente a Francia sin billete de regreso.

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En el segundo piso de este inmueble de 3 alturas fue asesinada «presuntamente» Rachel K. en una imagen actual


El destino es veleidoso, el invierno habanero viene y se va como las torrenciales lluvias del verano. No hay nada constante en La Habana y menos en aquellos años 30. Muchos de los involucrados fueron asesinados a la caída de Machado, la justicia les alcanzó de una manera u otra. La memoria popular continúo alimentando la leyenda del «Crimen del Siglo» por irresoluble.

No hubo ningún encarcelado. Rachel Keigeters fue enterrada en el pequeño panteón de su marido, ya nunca más sospechoso, Villaverde, en el cementerio de Calabazar. Cabe preguntarse si alguno de los testigos de aquella noche infausta tuvo por castigo largas noches de pesadillas, con la imagen vívida del cráneo destrozado, y la cabellera dorada, tornándose lianas otoñales.

Se realizó una película en los años 70 sobre este caso además de un tango de Armando Valdespí, La francesita Rachel.